Antonio Lorca

El crítico taurino sevillano, Antonio Lorca, ganó el IV Premio Literario Paco Apaolaza con su artículo 'Ráfagas de emoción', publicado en 'El País'.  El artículo resume con gran belleza literaria lo que fue el siglo XX en el planeta taurino, aportando los nombres, hechos y vicisitudes ocurridos en este tiempo que dan testimonio de la importancia de la fiesta y de los aspectos sociales y políticos de ese tiempo.

Ráfagas de emoción

 

Innumerables ráfagas de emoción salpican estas instantáneas que encierran en blanco y negro el pálpito de un país.

 

Momentos, retratos y sicologías de una sociedad desconsolada que halló en los toros y en las fiestas populares el bálsamo contra una vida miserable.

 

No es posible entender el siglo XX español sin el protagonismo de los toros. No es posible volver la vista atrás sin que aparezca en el recuerdo un animal único e irrepetible, poderoso, fiero, agresivo y noble a la vez, frente a un hombre vestido de luces, valiente, héroe y, a veces, artista, para jugar a la vida y a la muerte, a la gloria y al fracaso, mientras el público vibra, se apasiona y enloquece con el riesgo y la irracionalidad de una lucha sin cuartel que se torna para muchos en una fiesta incomprensible.

 

Y así, incomprendida, amada y vituperada visceralmente, ha llegado hasta nuestros días, en contra de toda lógica y a pesar del recrudecimiento de quienes pretenden hacerla desaparecer por motivos políticos, ecologistas o animalistas; a pesar de la mala conciencia social imperante por la pervivencia de un espectáculo en el que parecen mezclarse la diversión con el sufrimiento; a pesar de la actitud vergonzante de los políticos; a pesar del maltrato permanente e inveterado de los taurinos, reconocidos enemigos de la fiesta; a pesar de que éstos la han convertido en un espectáculo anodino y arcaico en el que abundan las prácticas fraudulentas; a pesar de la huida en desbandada de los aficionados auténticos…

 

A pesar de todo, el espectáculo sigue vivo, con mal semblante y mirada decadente, pero vivo para millones de espectadores, poco avezados y muy triunfalistas, es verdad, que esperan revivir la emoción inenarrable que producen un toro bravo altivo y desafiante, un lance a la verónica con las manos bajas y el cuerpo desmayado, un natural largo y hondo o una estocada al volapié en el hoyo de las agujas…

 

Algún misterio encierra esta fiesta, que ha salido indemne de los incesantes ataques externos, que ha sabido sobrevivir a sus propias miserias e interesar a casi todos como columna vertebral del ocio hispano durante gran parte del siglo pasado.

 

Algo más que una crueldad debe ser este espectáculo cuando ha conseguido emocionar a todos, al pueblo llano y a intelectuales y artistas de toda clase y condición.

 

Toreros grandes han sido Joselito, Belmonte, Manolete, Chicuelo, Bienvenida, Ordóñez, Romero… Pero toreros se han sentido también pensadores como Ortega y Gasset -inspirador de la gran enciclopedia Los Toros de José María de Cossío- o Laín Entralgo, novelistas y premios Nobel como Hemingway o Cela, escritores como José Bergamín, periodistas como Gregorio Corrochano, Antonio Díaz Cañabate o Joaquín Vidal, poetas como García Lorca, Miguel Hernández, Alberti, Gerardo Diego o Blas de Otero, pintores como Picasso, Zuloaga o Vázquez Díaz, escultores como Mariano Benlliure, músicos como Bizet, cineastas como Ladislao Vajda, Carlos Saura, Juan Antonio Bardem o Basilio Martín Patino… Todos ellos, entre una larga nómina de nombres ilustres, han vibrado desde lo más hondo con su pluma, su imaginación, su corazón, sus pinceles, sus partituras e imágenes para cantar las grandezas y denunciar los pecados de un hermosa fiesta cargada de riesgo verdadero y honda plasticidad.

 

Ésta pudiera ser la intrahistoria que se desprende de las fotografías que siguen, cuyos autores, artistas con alma de toreros todos ellos, han escudriñado el espectáculo desde el objetivo de una cámara y se han erigido en notarios de la pasión de un siglo. Testigos de miedos y esperanzas, de triunfos clamorosos y sonoros fracasos; artistas de retratos agridulces, de sonrisas forzadas, de chiquillos con caras de hombres curtidos por el respeto al toro. Fotógrafos del “corazón”, prestos para inmortalizar la presencia en barrera de personajes tan conocidos como el Che Guevara, Grace Nelly, Orson Welles, Rita Hayworth o Jacqueline Kennedy.

 

Testigos, asimismo, de las fiestas populares, -diversión única y exclusiva durante largos y oscuros años-, relacionadas en su mayoría con advocaciones religiosas -no hay imagen más festiva que la Virgen-, los frutos de la tierra o el comercio, (particularísima esa imagen de la recién nacida somnolienta en el vientre de un cerdo sacrificado, bajo la atenta y pícara mirada de dos ancianas), y el toro, siempre el toro, entre romerías, verbenas, racimos de uvas y gigantes y cabezudos. El toro, protagonista de la fiesta.

 

Ahí están Joselito y Belmonte, los más grandes, los genios, los reyes de la edad de oro del toreo (1910-1920) en el seno de una España apasionadamente dividida entre partidarios de uno y otro. Joselito es el toreo mismo, el conocimiento y el dominio absoluto; Juan Belmonte, el revolucionario, todo patetismo y espontaneidad. Rivales y amigos, conmocionan muchas tardes al país entero con una lidia vivísima ante toros fieros y agresivos de una ganadería mítica como la de Miura.

 

Para entonces, Pablo Ruiz Picasso, aficionado auténtico, había iniciado ya su muy fecunda labor pictórica dedicada al mundo de los toros, y el escritor valenciano Blasco Ibáñez, reconvertido en cineasta, dirigía la primera versión cinematográfica de “Sangre y arena”, posiblemente la mejor novela taurina, de la que más tarde se filmarían tres películas más en Estados Unidos y una cuarta en Méjico.

 

Murió Joselito. Lo mató “Bailaor” en Talavera el 16 de mayo de 1920. Parecía imposible. El torero más seguro no podía dejarse matar por un toro. España entera lloró -(“No vuelvo a coger un capote en mi vida, -comentaría Belmonte-, porque si un toro ha matado a José, a mí me toca pasado mañana”), y hasta la sevillana Virgen Macarena se vistió de luto.

 

A partir de entonces, ya nada fue igual.

 

Cambió el toro, la lidia perdió sus ribetes de lucha para ganar en plasticidad, pero continuó la fiesta y, con ella, tardes de gloria y también de muerte. Así, el 13 de agosto de 1934 pierde la vida a causa de una cogida un torero singular de quien García Lorca escribió:

 

“No hubo príncipe en Sevilla

que comparársele pueda,

ni espada como su espada,

ni corazón tan de veras.

 

Su nombre, Ignacio Sánchez Mejías, torero sevillano, personaje de leyenda y hombre polifacético, amigo también de Rafael Alberti, a quien llevó en su cuadrilla una sola tarde en Pontevedra, vestido de naranja y negro. Pasó el poeta gaditano tanto miedo escondido en el callejón que “a la salida de la plaza -escribiría después- me corté la coleta; quiero decir que di por terminada mi carrera taurina”.

 

La guerra civil quebranta la fiesta de los toros. Las ganaderías quedan esquilmadas y se pierde para siempre el toro poderoso. La contienda sirve de banal excusa para que la nueva figura del apoderado imponga el toro de menor peso y trapío. Consciente, no obstante, del engaño, el país vuelve a soñar con tardes de gloria, y Manolete, gran estoqueador, torero pundonoroso y de impactante personalidad, llenó la década de los años cuarenta. Su trágica desaparición en Linares lo convirtió en un mito.

 

Queda Pepe Luis Vázquez y aparece Antonio Bienvenida, paradigmas ambos de la plenitud artística. Y Antonio Ordóñez, la perfección…

 

El escritor norteamericano Ernesto Hemingway internacionaliza la fiesta; Ángel María de Lera gana el Premio Nadal en 1956 con la novela “Los clarines del miedo”, y ese mismo año se proyecta en el Festival de Cine de Cannes la película “Tarde de toros”, de Ladislao Vajda.

 

El espectáculo taurino continúa íntimamente ligado a la idiosincrasia de una España que lucha denodadamente por dejar atrás una dura realidad económica y social. Quizá, ello explique el extraño y sorprendente triunfo de Manuel Benítez El Cordobés, un torero tosco y tremendista, auténtico ídolo popular, que personificó el triunfo desde la más absoluta pobreza, y ostentó el dudoso honor de ser el máximo representante de una de las mayores crisis taurinas de la historia. Es la época de los maletillas y de la generalización de la manipulación de las astas, el popular “afeitado”, al que el diestro Antonio Bienvenida -único en la historia- se opuso al inicio de los años cincuenta y aún hoy muchos no se lo han perdonado. Es la época, también, en la que los taurinos se dejaron seducir por el olor al dinero rápido y no vieron o no quisieron ver el daño irreparable que se infligía a la fiesta de los toros.

 

En los ochenta triunfan la constancia y la técnica de Espartaco. Antes lo habían hecho Camino, Puerta, El Viti, Antoñete, Paula,… Mueren en la plaza Paquirri y El Yiyo; y un singular torero sevillano, por nombre Curro Romero, deslumbra de forma intermitente desde el año 1959 con su personalísima estética. Caso único en la reciente historia, Curro colgó los trastos en el 2000 a la edad de 67 años, lo que da una idea del tipo de toro que se lidia hoy.

 

Comenzó un nuevo siglo. La realidad responde a los nombres de Ponce, Rincón y El Cid, entre otros, y la esperanza de los toreristas se llama Morante de la Puebla.

 

Mientras las fiestas populares han ganado en prestigio social y reconocimiento público, la fiesta de los toros no vive su mejor momento. A pesar de todo, de sus enemigos y de su propia decadencia, mantiene su capacidad intrínseca para producir ráfagas de intensa emoción.

 

El toro, un año más, vuelve a estar en el ruedo. A partir de ahí, todo es posible: la gloria y la muerte.

 

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