Paco Cañamero

 

El periodista salmantino Paco Cañamero recogió en el Ayuntamiento de San Sebastián el VI Premio Paco Apaolaza de Periodismo Taurino. El escritor leyó el artículo galardonado, que lleva por título 'Las banderillas de El Viti en El Chofre', un texto publicado en 'Tribuna' que recuerda la presentación como novillero de El Viti en El Chofre en los comienzos de su carrera

Las banderillas de El Viti en El Chofre

 

Emulando al genial Carlos Gardel en su tango: ‘Las nieves del tiempo blanquearon mi sien’, en el toreo el paso de los años abona la besana de la añoranza al hurgar de nuevo sobre el recuerdo del ayer y rememorar una vida que ya no volverá.

 

 

Surge ello gracias a una pintoresca rememoranza que tuvo como protagonista a Santiago Martín ‘El Viti’ cuando se presentó en El Chofre, la vieja plaza de San Sebastián. En aquel recinto,tan señorial como hermoso, que rezumaba tanta torería, un buen día debutó ElViti cuando era becerrista.Y gracias a su buen hacer entusiasmó tanto a la gente, como también a la crítica donostiarra, que a la mañana siguiente, sus crónicas se hacían eco de su triunfo, pero especialmente de los aplausos logrados en el ¡tercio de banderillas!

 

 

Hoy, este éxito, a muchos les sonará raro, sobre todo porque delViti ha quedado el recuerdo de un torero dotado con una poderosa y maciza muleta. A la par que fue dueño de una pureza ausente de superficialidad y de concesiones al adorno. Pero lo cierto es que al maestro de Vitigudino en sus inicios le encantaba banderillear y lo hacía tan bien que, en su primera época, se ganó muchas ovaciones. Porque, hasta aquella grave cogida de Céret que le hizo abandonar los palos para nacer la personalidad de sus exquisitos naturales, las banderillas formaban parte de su repertorio.

 

 

SU PRESENTACIÓN en El Chofre se produjo el 19 de junio de 1957, un sábado de Corpus.Aquel día, el desconocido novillero que se anunciaba como Santiago Martín ‘El Viti’ (un apodo que no convencía a nadie) fue contratado para actuar en una becerrada en San Sebastián, en la que se produjeron unas circunstancias que han permanecido vivas, para siempre, en su recuerdo.

 

Aquella soleada mañana inolvidables vivencias se abrirían en el esportón humano del muchacho. De un muchacho que llegó a San Sebastián y, una vez acomodado en la fonda, lo primero que hizo fue visitar a una familia de Vitigudino, amiga de la suya y emigrante en el barrio donostiarra del Antiguo, a quienes les llevó como obsequio el pan de una tahona de su pueblo, para que recordasen a su terruño natal desde la morriña de la distancia.

 

 

Momentos después, para el aspirante a torero que esa tarde iba a debutar nada menos que en El Chofre, se abrió un abanico de emociones que llegaron cuando, a media mañana, sus ojos descubrieron, entusiasmados, por primera vez el mar. Entonces, mientras el sol de la mañana espejeaba sobre el Cantábrico, serenamente, se apoyó sobre la barandilla del Paseo Nuevo para observar durante más de una hora su grandiosidad azul. Mientras, de vez en cuando giraba lentamente su cabeza para contemplar La Concha y, siguiendo el sentido de las agujas de un reloj, continuar por ese espectáculo de la naturaleza que se presentaba ante sí con el islote de Santa Clara,Igueldo y, otra vez, la grandeza del Cantábrico (San Sebastián tiene playa. Tiene Igueldo y el mejor barrio koskero).

 

 

DESPUÉS,YA EN EL CHOFRE, el espectáculo llegó por la tarde, sobre las arenas de la añorada plaza en la que el charro protagonizó una faena tan anecdótica que hoy se recuerda con simpatía entre los viejos aficionados vascos que la disfrutaron.

 

Esa tarde del sábado de Corpus, el coso donostiarra abre sus puertas para acoger una becerrada (novillada económica como decían los antiguos), en la que se lidian cuatro novillos de Uranga. Junto al de Vitigudino torea, en la llamada ‘parte seria’, el conocido Txomin Recondo.Ambos comparten cartel con dos aficionados prácticos de Tolosa: Josetxu Mateos y Javier Larrañaga.

 

(Precisamente,Txomin Recondo –hoy es titular del afamado restaurante Recondo– era el menor de la conocida dinastía, asentada en las faldas del Igueldo, que llevó tantos días de gloria taurina a San Sebastián, especialmente gracias a José María Recondo, el matador donostiarra más popular y posteriormente

apoderado de mucho éxito).

 

 

Después, en el festejo en sí, lo más destacado fue el alboroto que formó El Viti con las banderillas, clavando cuatro pares que pusieron al público de pie. Esa actitud propició que las crónicas se hicieran eco de lo bien que pareaba el de Vitigudino, quien, a decir de muchos, tenía un estilo comparable al de PepeDominguin, Arruza, El Vito o Coelho…

 

 

Entonces faltaban todavía cuatro años para que se alzara como uno de los reyes deltoreo, sobre todo gracias a la poderosa muleta maciza y dueña de una interpretación tan pura y ortodoxa, ausente de superficialidad y concesiones al adorno.

 

Fue exactamente como la definió el poeta Martínez Remis:

“Aquella muleta, aquélla...,

la mejor que hubo en Castilla,

parpadeo de una estrella

sobre la arena amarilla”